“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Joaquín Sabina.
Amor. Muchos opinan que el amor no existe. Que es un concepto abstracto, producto de nuestra imaginación, y que es un falso sentimiento que confundimos con la obsesión. Yo era partidario de este convencimiento, y toda persona racional lo es… hasta que lo sentimos, hasta que caemos en sus fauces.
El amor no se puede medir en una escala, ni se puede tratar de comprender, por mucho que lo intentemos, y de facto, lo hacemos. El amor es irracional, está más allá de las fronteras de nuestro entendimiento. Un día conoces a una persona, te atrae físicamente, y comienzas a interactuar con ella. Poco a poco, vas apreciando detalles, gestos, que marcan una identidad en ella, algo que la diferencia del resto, o al menos, desde tu punto de vista. Comenzáis a tener más confianza el uno en el otro, y eso te hace sentirte importante, útil, especial. El sentimiento hacia esa persona, va creciendo exponencialmente, hasta que llega a un punto, en el que necesitas verla, o escuchar su voz. Y cuando no lo haces, te genera ansiedad, angustia, malestar. La echas de menos, y todo es caos a tu alrededor, nada más importa, excepto ella. Tu capacidad de concentración se ve menguada, o incluso anulada. Cada mañana te levantas triste, apesadumbrado, con lágrimas en los ojos, y con ganas de poner fin a ese sufrimiento, a esa tortura. Sin darte cuenta, te conviertes en un esclavo de tus sentimientos, y llevas unas cadenas, de las cuales no te puedes liberar, puesto que están forjadas en el fuego de la pasión.
Pero, para nuestro sosiego, llega el día que tanto esperábamos, ese día que anhelábamos con tantas fuerzas vivir. Ese día en el que nuestras miradas se cruzan y nuestras palabras se intercambian. Ese momento en el que el tiempo se paraliza, y tu mente se dispara. Tu corazón deja de latir durante un instante, que aún siendo corto, se te hace infinito, y sientes un escalofrío que recorre todo tu cuerpo. Ese momento en el que los tópicos quedan a un lado, dejando paso a la verdad del auténtico amor. Pues no sientes mariposas, ni ningún hormigueo en el estómago como suelen decir muchos… Lo que de verdad sientes, es un vacío interno, no puedes respirar, y tienes vértigo. A medida que comienzas a hablar con ella, tu inseguridad aumenta, pues tienes miedo de caer en el abismo que el vértigo había creado, pero sin embargo, te sientes seguro, porque estás a su lado. Las palabras fluyen, pero no eres capaz de interpretarlas, puesto que estás demasiado ocupado contemplándola. Tratas de escucharla, cuando realmente, desearías callarla con tus labios.
El tiempo sigue su curso, y ya no puedes estar sin ella, la necesitas. Tu primer y único pensamiento, desde que te levantas, hasta que te acuestas, es ella. Pero durante ese periodo de tiempo, es cuando realmente observas si esa persona de la cual estabas enamorado, es real o tan sólo es una ilusión. Pues no hay que confundir realidad con imaginación, o realidad con apariencia. Cuando te enamoras, esa persona es lo máximo para ti, no hay nada ni nadie mejor que ella. Pero, en ocasiones, ese sentimiento no es más que una ilusión. En los malos momentos, es cuando descubres la verdad, un concepto abstracto y relativo, pero extremadamente importante en una relación. Debes saber discernir qué es real, y qué no lo es. Y cuando necesitas a esa persona, necesitas una respuesta, una llamada, pero no la recibes, es cuando te das cuenta de que todo había sido producto de tu imaginación. Habías sido engañado y utilizado, para satisfacer unas necesidades pasajeras, unos caprichos. Te sientes defraudado, estafado, y humillado. Crees que nadie te va a querer jamás, que no eres suficiente, y que en definitiva, la culpa de tu fracaso ha sido tuya, y de nadie más. Poco a poco, los pensamientos que al principio pertenecían al amor, se invierten, y todo el amor pasa a pertenecer a los pensamientos. Para poder aguantar el dolor, te aferras a una ilusión, y crees echarla de menos, cuando realmente, estás huyendo de una realidad que se está clavando en tu corazón, y que hace de cada día un infierno. Deseas que todo volviera a ser como antes, y que no hubiera pasado nada, pero para ser felices, debemos olvidar lo que sentimos, y recordar lo que merecemos.
Por otra parte, es imperativo distinguir entre realidad y apariencia. El amor no es admirar un físico, una ropa, una cara. El amor, como ya he explicado antes, es mucho más que eso. Amar a alguien no consiste en una pura atracción física, y que al no ser correspondida, sientas pena y te “duela”. No, eso no es amor. No puedes estar enamorado de una persona que te trata como un entretenimiento, y hacer de ella una prioridad, cuando sólo eres una opción para la susodicha. Amar no consiste en decir un “te quiero”, “eres el amor de mi vida”, o “quiero pasar el resto de mi vida contigo”. No. Amar es demostrar, y si una palabra no va acompañada por un hecho, es una palabra vacía, carente de significado, y de veracidad. Lo peor de todo, es que mientras unos te descuidan, otros intentan entrar en tu vida, pero tienes los ojos tan cerrados, que eres incapaz de verlo, y dejas escapar oportunidades únicas debido a tu superficialidad. Pues es un gran error perder a quien nos ama, e intentar amar a quien no le importamos. Estás enamorado de una sombra, de un espejismo, de una ilusión.
En definitiva, amar no es creer, amar es sentir. Amar no es imaginar, amar es vivir. Y cualquiera que diga lo contrario, ni ha amado, ni merece serlo.
Poco a poco, fui abriendo los ojos, y lo primero que vi fue el rostro de mi madre. Me quedé un momento mirándola, y acto seguido, giré la cabeza para ver si estaba en el avión. Pero mi sorpresa fue mayúscula al darme cuenta de que estaba en la cama de mi habitación, de mi casa en mi ciudad.
- ¿Qué hago aquí? Me pregunté.
- ¿Cómo que qué haces aquí? ¿Tú estás tonto, niño? ¡Vives aquí!
- ¿Eh?
- A saber qué verías anoche en la tele, que te ha atontado el cerebro… Dijo mi madre.
Yo seguía sin entender nada…
- ¡Va, levántate! ¡Que perderás el tren, y no llegarás a clase!
- ¿Que perderé el tren? Me dije a mí mismo.
Cuando mi madre salió de mi habitación, me levanté de la cama, pero noté algo raro. Fui a mirarme rápidamente al espejo, y me di cuenta de que mis músculos habían desaparecido. Volvía a tener el mismo cuerpo de esmirriado de antes. ¿Qué coño estaba pasando? Fui a mirar el calendario, y para continuar con mi locura, vi que estábamos en Septiembre. ¡No podía ser! ¿De qué trataba esto? ¿Acaso era una pesadilla? No, no podía ser. ¡Esto no estaba ocurriendo! Me vestí, salí de la habitación, y entré en la cocina, donde se encontraba mi madre, desayunando.
- ¿Qué haces que no estás vestido? Me preguntó al verme con el pijama.
- No entiendo nada… Ahora mismo tendría que estar en París, con Odette…
- ¿Odette? ¿Y esa quién es? En París… Cada día estás más gilipollas. La culpa la tiene el ordenador. ¡Te voy a quitar internet!
Salí de la cocina, y me volví a meter en mi habitación. Sólo había una posible explicación: todo había sido un sueño. ¡Pero había sido tan real! Me levanté de la cama, volví a mirarme en el espejo, y las lágrimas se apoderaron de mis ojos. No me gustaba lo que veía, ni a lo que tendría que volver a enfrentarme, una vez saliera a la calle. Pero no tenía otro remedio.
Cuando mi madre se fue a trabajar, encendí el ordenador para observar qué había sido real, y qué ficticio. Efectívamente, Pedro estaba viviendo en otra ciudad, mi padre había muerto, e iba a empezar tercero de carrera. Pero no iba a vivir en un piso en la universidad, seguía llevándome igual de mal con mi madre, y todavía era virgen. Una pena enorme me envolvió. Todo había sido una fantasía, una mentira. Pero durante ese tiempo, había sido feliz, y lo echaba de menos.
Se hacía tarde, y tenía que ir a clase. Por lo que me duché, me vestí, comí, y me apresuré para no perder el tren. Cuando bajé a la calle, la inseguridad se apoderó de mí. Esa inseguridad que en mi sueño había perdido, y que hacía que me sintiera feliz conmigo mismo, volvió a torturarme. Cada vez que pasaba por al lado de alguien, y se reía, creía que se estaba burlando de mí. Pero tenía que continuar.
Cuando llegué a clase, me crucé por los pasillos a Olga, pues también estudiaba allí. Pero ni tan siquiera me miró. Me consideraba inferior, y ese despreció me trastocó.
Cuando volví a mi casa, me topé con mi madre, y al verme cabizbajo, me dijo:
- Qué agonía das, chiquillo. Siempre con cara de amargado…
- Pues será porque no soy feliz, no? Dije.
- Y por qué no eres feliz? ¡No tienes ningún motivo para no serlo!
- No, no lo tengo…
- Va, dímelo!
- Ay, vale, mamá! Déjame tranquilo.
- A mí no me hables así, que te cruzo la cara, eh? A ver tú que te has creído, capullo!
Dejé a mi madre despotricando, y me metí en mi habitación. Mi vida volvía a ser una mierda. Vivía en un hogar infeliz, y no estaba aceptado sociálmente. Ojalá todo mi sueño hubiera sido real, pero los sueños, sueños son. No tenía ganas de cenar, pero si no lo hacía, volvería a discutir con mi madre, y no tenía ningunas ganas. Así que tras cenar, y escuchar los mismos reproches y tonterías de siempre, me metí en la cama. Estaba cansado de “vivir” así, pues eso no era vivir. Muchas ideas y pensamientos comenzaron a corretear por mi cabeza, hasta que tomé una decisión. De nada me servía seguir con la vida que llevaba. No era feliz, y según mi madre, hacía infeliz a mi entorno, por lo que decidí tomar la decisión que durante años me había estado planteando, pero que jamás había tenido el valor suficiente para ejecutar.
Al día siguiente, me volvió a despertar mi madre, con la misma monserga de siempre, y se fue a trabajar. Pero esta vez, no me duché, y no comí. Me vestí, me puse la chaqueta, y bajé a la calle. Estuve caminando léntamente, hasta que llegué a un cruce por el que pasaba todos los días. Este se encontraba justo al lado de los muros de la estación, y era bastante peligroso, pues los coches no solían respetar el paso de cebra. Era el momento de actuar, pero entonces recordé el sueño, y me di cuenta, de que la idea podría salir mal, por lo que decidí cambiar de estrategia. Me dirigí a un puente, una pasarela más bien, y me coloqué justo al lado de la barandilla. Miré hacia abajo, y pude ver como los coches circulaban a gran velocidad. Una caída, sería mortal. Léntamente, y con cuidado, me subí arriba de la barandilla, y traté de no perder el equilibrio. Estaba muy alto, y tenía fobia a las alturas. Tenía miedo, pues no sabía qué es lo que vendría después. Pero cualquier cosa era mejor, que continuar con la vida que llevaba. Comencé a temblar, y casi pierdo el equilibrio, pero me mantuve firme. Por un momento, pasó por mi cabeza la idea de que estaba cometiendo una estupidez, pero había llegado el momento. Miré al horizonte por última vez, tragué saliva, cerré los ojos, y me precipité hacia lo desconocido…
“Se debe morir orgullosamente cuando ya no es posible vivir con orgullo”. Friedrich Nietzsche.
Ostras, que chasco… Me he quedado de piedra, la verdad es que no me esperaba este final. Deberías haberle dado una oportunidad a Saúl, quizás podría haber sentido que era capaz de enamorarse y que se enamoraran de él.
Pero es una historia estupenda, juro que he leido los 55 capítulos y que me ha enganchado. Besos
Ana
Bueno, tengo que decir que todo este relato comenzó a causa de una chica. La conocí en Mayo del año pasado, me enamoré de ella, pero no fui correspondido. Pasé unos meses muy malos, y cada vez que escribía aquí, era un desahogo. Pero el tema ya ha acabado, y continuar con el relato era una forma de seguir atado a ella, de alguna manera. Por tanto, he decidido acabarlo.
Espero que no os haya descepcionado, y que hayáis disfrutado leyéndolo, igual que yo escribiéndolo.
Voy a dejar de escribir un tiempo, pero prometo seguir visitando vuestros blogs
Un fuerte abrazo.
Si que recuerdo lo de esa chica.
Fue un poco precipitado el final, siento que es quiza un mal momento para dejar de escribir ya que te estas afinando. Entiendo perfectamente tus motivos para dejar de hacerlo por un tiempo, quiza una opcion es cambiar el tema.
Con las ultimas entradas que lei, me imagino para ti, tus post con una introduccion reflexion o cita de algun autor, despues basada en esta tu propia reflexion y luego un relato o historia corta. Bueno es solo opcion.
Y ya que lo mencionas GUAUUUU ya llevo un tiempo leyendote eh
No te desaparezcas por mucho tiempo… jajajajaja no sigas mi ejemplo chico.
Besitos miles y nos seguimos leyendo
¡La madre… del profeta Jeremías!
Vaya giro que ha tomado la novela, la has cortado por lo sano. Leyendo lo que contestas a Ana, tiene algo de autobiografía, pero POR FAVOR no vayas a terminar del mismo modo.
Nos has dejado con los “cataplines” de corbata.
Un abrazo y hasta tu próxima novela, que espero tenga un final más coherente que el de ésta.
Jajaja, no te preocupes, Mercedes. El orgullo es mi mayor fortaleza, y al mismo tiempo, mi mayor punto débil. Pero durante estos meses, mucha gente me ha apoyado, y me ha hecho ver que soy una gran persona, que me merezco mucho más, y que no estoy solo.
Me alegra que por lo menos, os haya llegado
Otro abrazo.
Te pido, te ruego, te imploro, que tu próxima novela sea mas optimista. Chao
Ana
Así será
Besitos.
Plas plas plas… fantástico final, un poco dramático, sí. ánimo y como te dicen los q andan en comentarios superiores a mi.. a buscar el positivismo en el próximo relato o post. No dejes caer tu personalidad: gira, da la espalda al abismo de la soledad y vuelve a buscar otra puerta.
Así, lo haré!
Muchas gracias por pasarte, Alfredo
¿alfredo? piiii, error. Alfonso mejor xDDD
Lo siento muchísimo! Jajaja
Se trataba de otra chica, Candy. No de la que tú te imaginas… Pero bueno, ya está superado
Sé que es un mal momento para dejar de escribir, pero no puedo hacer más, al menos por el momento.
Nos seguiremos leyendo, y gracias por todo
Besitos.
Mi mas sincera enhorabuena!!!eres muy bueno,nunca lo dejes crack!! eso si me ha dao penita al final…
Muchas gracias, crack!